
La Iglesia somos todos
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La primera pareja de que tengamos noticia fue la de Adán y Eva, quienes con Caín y Abel conformaron a su vez la primera familia. Todos conocemos la acción de Caín, quien por envidia mató a su hermano, asesinato por el que nadie ha culpado a sus padres ni proscrito a su familia.
Así empezó la historia de la humanidad conocida y desde ese triste hecho, nadie condena a los padres por las acciones del hijo calavera, ni a un grupo familiar por los asesinatos, robos o delitos de alguno de sus miembros, ni a los habitantes de una ciudad o un país por los desafueros de un bandido.
Para no remontarnos mucho en el tiempo, aunque de cada siglo habría ejemplos, regresémonos apenas al siglo pasado para comprobar que no se censura a los alemanes por los hechos tristes que generó Hitler, ni a los rusos por Stalin, ni a los italianos por Mussolini, ni a los cubanos por Castro, ni a los congoleños por Idi Amín, ni a los chinos por Mao, ni a los dominicanos por Trujillo, ni a los iraquíes por Hussein, ni a camboyanos, rumanos o tantos pueblos que han sufrido o hecho sufrir, por los abusos y desmanes de individuos que por esas cosas de la vida los han gobernado.
Digo esto porque se quiere condenar a la Iglesia Católica por los abusos de algunos sacerdotes, sin tener en cuenta que la inmensa mayoría de sus miembros son y han sido ejemplo de dedicación, de servicio, de humildad, de entrega, de comportamiento.
En una época de máxima tolerancia, en la que a todo se le quiere dar un tinte de naturalidad, es admirable comprobar la actitud de sacerdotes y religiosas que se comprometen y cumplen con sus votos de pobreza, castidad y obediencia, a lo largo y ancho del mundo, en la mayoría de países de todos los continentes, para dar curso a su vocación y servir al prójimo.
Renuncian muchos de ellos a la posibilidad de hacer una carrera destacada como profesionales, que les podría significar prestigio, independencia y solvencia económica, para actuar como humildes servidores en su condición de sacerdotes o hermanos de comunidad, párrocos, capellanes, sacerdotes auxiliares o religiosas de congregación.
Hacen voto de castidad, absteniéndose de ejercer su sexualidad y sacrificando con generosidad lo que para casi todo el resto de la humanidad es un derecho fundamental, indeclinable e irrenunciable.
Se entregan a Dios y para confirmarlo hacen voto de obediencia, sometiéndose dócilmente a la autoridad de un superior, superiora u obispo, dejando de lado la libertad que como individuos disfrutaban en el mundo.
No menciono aspectos más ligeros a los que renuncian: reuniones, fiestas, bebidas, cigarrillo, viajes, gimnasios, moda, automóviles, libertad de opinión, autonomía y un sin número de actividades que parecen muy normales a la gente común, pero que se excluyen de la vida religiosa.
Ninguna agrupación como la Iglesia Católica ha dado a la humanidad tantos hombres y mujeres que hayan merecido el calificativo de santos y hayan sido a lo largo de los siglos ejemplo para católicos y no católicos.
Samuel Calderón Salazar
Administrador deportivo.
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